Nuestra identidad no se construye en el vacío; se teje en los espacios que habitamos, en los aromas que nos acompañan, en las costumbres que repetimos generación tras generación. La cocina, más que un lugar de preparación de alimentos, ha sido históricamente un espacio de encuentro, aprendizaje y transmisión de saberes. Es ahí donde se refuerza el sentido de pertenencia, donde los sabores de la infancia nos anclan a un lugar, a una comunidad, a una historia compartida.

En Puerto Rico, la relación con la cocina ha evolucionado con el tiempo, reflejando cambios en nuestra forma de vida, en nuestras prioridades y en la influencia de modelos externos. Sin embargo, el vínculo entre espacio, cultura e identidad sigue siendo innegable. Como testimonio de ello, compartimos la historia de Celestino Rivera, quien nos transporta a la cocina de su infancia, donde cada detalle —desde la alacena hasta el fogón— formaba parte de un ecosistema de vida autosuficiente y comunitaria.

Esta historia es un recordatorio de que el diseño de los espacios que habitamos no solo influye en nuestra funcionalidad diaria, sino que moldea nuestra memoria, nuestras relaciones y el legado cultural que dejamos a las próximas generaciones. Su testimonio resalta la importancia de preservar el conocimiento tradicional y adaptarlo a nuestro presente para no perder la esencia de lo que nos define.


LA COCINA DE MI CASA

Por: Celestino Rivera

Estos recuerdos se remontan a 1960, cuando yo tenía 5 años. El crecimiento en Puerto Rico fue desigual y, para esos años, muchas familias en el campo, nosotros incluídos, vivíamos en la precariedad, sobreviviendo y sin servicios de agua potable ni energía eléctrica. La siembra de la tierra era nuestra salvación. Nuestra casa estaba rodeada de sembradíos de habichuelas, malanga, plátanos y maíz, etc, etc. 

Por diseño, la cocina estaba un poco separada de la casa para evitar el humo, ya que se cocinaba con leña

El agua la tomábamos de un alambique, al cual llamábamos «la caja de agua», y si no llovía, la traíamos del río.

La cocina era bastante amplia, con piso de tierra, aunque esa tierra parecía cemento. No sé cómo lograban ponerla tan dura. Así mismo era la tierra del fogón: dura como el cemento.

El fogón, construido por mi padre con tablas de palma y pilotes de palo, a los cuales se les daba forma. Estaba en el centro de la cocina. La razón de que estuviera en el centro es que necesitabas acceso desde todos lados, para así manejar, especialmente la leña en el proceso de prenderla y subir y bajar la temperatura de lo que se cocinaba. Para los niños, el fogón era muy alto, por lo que nos ponían un banco rústico cuando nos asignaban una tarea en el fogón como lo era tostar café.

Las piedras del fogón no eran cualquier piedra. Eran tres piedras bien seleccionadas en el río que se acomodaran bien a la altura que se requería. Los niños estábamos encargados de buscar la leña en la finca y los mayores la picaban con hacha en mano.

Parte importante de la cocina era la alacena. Era un mueble tipo taburete con tablillas y puertas bien diseñadas. Allí se guardaban todos los artículos para cocinar arroz, habichuelas, manteca, etc. Casi todo estaba empacado en papel. Muy pocas cosas como la salsa, se compraban en latas o botellas.

Para la leche, se ordeñaba la vaca, y para la carne, se mataban las gallinas. Pero la carne era escasa y el almuerzo se limitaba a vianda con bacalao y el arroz se hacía en la cena.

Las cacerolas y ollas se ponían en tablillas o colgadas en clavos en la pared. En caso de que hubiera algo para ahumar, se prendía de una vara y se le ubicaba cerca de donde subía el humo del fogón.

La cocina no era solo para cocinar. Allí se desgranaban habichuelas, gandules o maíz, tarea de la que participaba toda la familia. Cerca de la ventana había un molinillo (nosotros le decíamos «la máquina de moler»). Allí se pilaba y se hacía harina de café o maíz.

Cerca del fogón, había una mesa rústica con un picador y un pilón. Allí se molían, se picaba y se hacía el sofrito al momento. A la comida se le echaba achiote para darle color. Cerca, había un palo de achiote

El fogón servía también como horno. Luego de cocinar, metíamos batatas o maíz dentro de las cenizas, y al otro día las desenterrábamos.

El sabor que le agrega la leña a la comida es conocido.  Quién cocinaba frecuentemente en la cocina, terminaba llevándose ese rico aroma a dónde quiera que iban. Por eso Las señoras que se reunían a rezar el rosario me olían a fogón.

La cocina tenía varias ventanas y dos puertas: una para entrar a la casa y la otra para salir a la finca a buscar lo que hiciera falta.

No todas las cosas tenían su lugar. A veces algo se perdía, pero estaba ahí porque no salía de la cocina.

Siempre había un buen cuchillo y una cuchara grande. Esa cuchara duró en mi casa como 25 años. Pasó de cocina en cocina, porque lo que se compraba, incluyendo los calderos y ollas eran para toda la vida.

En resumen, la cocina era un espacio sencillo amplio, con un fogón en el medio, la alacena, mesa, tablillas y clavos en las paredes.  Un espacio bastante abierto, con ventanas y puertas, accesible a la casa y la finca, donde se hacían manjares con productos frescos sacados directamente de la finca a la olla.


Reflexión Final

El diseño de los espacios que habitamos no solo influye en nuestra comodidad y funcionalidad, sino también en nuestra identidad y cultura. A medida que la globalización transforma los espacios, es fundamental preservar el conocimiento tradicional y adaptarlo a las necesidades actuales.No se trata de volver atrás, sino de integrar la sabiduría del pasado para crear espacios que realmente reflejen quiénes somos. El diseño de la cocina debería fomentar nuestras tradiciones en lugar de imponer modelos ajenos.


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