El espacio que habitamos no es un simple escenario donde transcurre nuestra vida; es un agente activo en la construcción de nuestra identidad. La forma en que los espacios están diseñados influye en la manera en que nos relacionamos, nos movemos y nos percibimos a nosotros mismos dentro de una comunidad. Como afirma la filóloga Irene Pérez Fernández: «Admitir que el espacio juega un papel clave en el proceso de la formación identitaria significa, a su vez, poner fin a una visión del mismo como elemento neutral, estable e inerte y remarcar, por el contrario, que este es un constructo social».


El Espacio como Construcción Social

Históricamente, el espacio ha sido entendido como algo fijo y definido por sus límites físicos. Sin embargo, pensadores como Henri Lefebvre y Michel Foucault han señalado que el espacio no solo refleja estructuras sociales, sino que también las reproduce. La manera en que los espacios están organizados puede reforzar desigualdades de poder, acceso y movilidad. Foucault, por ejemplo, argumenta que el espacio es un medio de control y dominación, ya que determina quién tiene acceso a qué recursos y bajo qué condiciones.

El acceso al espacio impacta directamente en la información, las relaciones sociales y la distribución del poder. Existen espacios privilegiados que se perciben como modelos deseables frente a otros considerados carentes. Estas heterotopías establecen contrastes que refuerzan la desigualdad y justifican la marginación.

Hoy en día, la sobrecarga de información proveniente de redes sociales, revistas y otros medios de comunicación nos bombardea con imágenes sobre cómo debemos vivir, qué espacios debemos habitar y qué estilos de vida son «ideales». Este exceso de información no solo nos satura e incapacita a la hora de tomar decisiones, sino que también opera como una forma de colonización por asimilación. A través de estos medios, se nos impone un modelo de vida que no responde a nuestras realidades, sino a estándares externos que perpetúan la dependencia cultural y económica.

Como señala Amman Alcocer, esta hipersaturación de imágenes y discursos genera indiferencia ante el análisis crítico de los movimientos sociales y la historia, debilitando la capacidad de imaginar alternativas propias. «La indiferencia se produce no por privación, sino por hipersolicitación; no por defecto, sino por exceso, en el que el tema ideológico es el consumo» (Alcocer, 2006, p. 22). Así, en lugar de cuestionar y transformar nuestro entorno según nuestras necesidades, terminamos aceptando modelos diseñados para otros contextos, relegando nuestra autonomía y cediendo nuestras decisiones a quienes promueven un estilo de vida ajeno a nuestra identidad.


Espacio e Identidad: Una Relación Mutua

El concepto de sentido de lugar se refiere a la conexión emocional y simbólica que las personas establecen con los espacios que habitan. La identidad individual y colectiva está profundamente ligada a estos lugares, ya que moldean nuestras experiencias y recuerdos. David Harvey describe este fenómeno como place-bound identities, es decir, identidades arraigadas al territorio.

Sin embargo, este sentido de pertenencia se ve amenazado por procesos como la gentrificación y los desplazamientos forzados, que han intensificado la fragmentación social en Puerto Rico, particularmente con la implementación de la Ley 60, que ha incentivado la compra de propiedades por inversionistas extranjeros. Este fenómeno encarece la vivienda y desplaza comunidades enteras, generando no solo una crisis económica, sino también una pérdida del sentido de comunidad y arraigo.

Además, la instalación de estas comunidades de inversionistas extranjeros refuerza un proceso de colonización por asimilación, ya que sus estilos de vida no son compatibles con la cultura local. Esta presencia crea una demanda adicional por un diseño y una estética extranjera, lo que disminuye el valor de lo autóctono y posiciona como deseable un ideal que no responde a la idiosincrasia local. Así, la arquitectura, el diseño de interiores y la configuración de los espacios públicos comienzan a responder a referentes ajenos, desplazando el conocimiento y la memoria espacial que han caracterizado la relación de los habitantes con su entorno.

A nivel individual, el desarraigo no solo implica la pérdida de una vivienda, sino también la erosión del sentido de identidad construido a través de la relación con el espacio. El hogar juega un papel protagónico en este proceso, ya que guarda la semiología espacial del proceso de selfing, es decir, la manera en que nos reconocemos y nos narramos a nosotros mismos a través del espacio que habitamos.

Cada objeto, la disposición del mobiliario y cada rincón de un hogar tienen un significado simbólico que da continuidad a la historia personal y familiar.

Cuando estos espacios se pierden o son transformados para responder a un mercado que no refleja la vida cotidiana de la mayoría, se genera una sensación de desplazamiento emocional que trasciende lo físico, afectando la estabilidad psicológica y la memoria colectiva. La transformación de barrios tradicionales en zonas exclusivas para inversionistas no solo modifica la geografía urbana, sino que impone nuevas dinámicas sociales que desplazan y sustituyen a la comunidad original.

Este desplazamiento también ocurre dentro del hogar. La influencia de modelos de diseño importados introduce estéticas y distribuciones espaciales que no siempre responden a la cotidianidad local, modificando la relación de las personas con su entorno doméstico.

Elementos como:

✔️ La desaparición de los espacios de reunión. ✔️ La reducción de áreas de preparación de alimentos frescos. ✔️ La imposición de estilos minimalistas en contextos donde la acumulación de objetos tiene una carga emocional y cultural.

Todo esto altera la forma en que habitamos nuestros propios espacios.

Lo que alguna vez fue un hogar arraigado en la memoria y la historia familiar, se convierte en un territorio ajeno, despojado de referencias simbólicas y adaptado a estándares globales que no reflejan la identidad de quienes lo habitan.


Reflexión Final

El diseño de los espacios en los que vivimos no es neutro ni casual. Responde a intereses políticos, económicos y culturales que moldean nuestras experiencias y oportunidades. Si queremos construir entornos más equitativos, accesibles y representativos de nuestra identidad, es necesario cuestionar los modelos impuestos y repensar el espacio desde nuestra propia realidad.


Referencias

  • Alcocer, A. (2006). Consumo e Ideología. Ediciones Ítaca.
  • Foucault, M. (1980). El ojo del poder. Ediciones Siglo XXI.
  • Gehl, J. (2012). Ciudades para la gente. Island Press.
  • Harvey, D. (1996). Justice, Nature & the Geography of Difference. Blackwell.
  • Lefebvre, H. (1991). The Production of Space. Blackwell.
  • Pérez Fernández, I. (2009). Identidad y espacio. Universidad de Granada.

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