El diseño de interiores en Puerto Rico ha sido explorado casi exclusivamente desde perspectivas técnicas y estéticas, dejando de lado su impacto político y cultural. Cuando surge la pregunta sobre el estilo autóctono puertorriqueño, la respuesta casi siempre apunta al diseño colonial y neocolonial español o a la artesanía folclórica. Rara vez se menciona la creación contemporánea. Esto no sucede por falta de creatividad o capacidad, sino por procesos políticos y económicos que han frenado el desarrollo de un estilo propio, aunque esa identidad cultural sigue presente en la diáspora puertorriqueña y en obras como las de Pepón Osorio.
La institucionalización de la decoración y el diseño de interiores en Puerto Rico coincidió con la Guerra Fría y los cambios políticos de los años 50. Este contexto estuvo marcado por la persecución de expresiones nacionalistas y por incentivos económicos que promovían la producción estadounidense, dejando poco espacio para que surgiera una industria local robusta. Como consecuencia, las guías académicas y los currículos de diseño en la isla han minimizado el conocimiento sobre nuestra propia producción.
Durante esta época, los periódicos publicaban editoriales sobre decoración patrocinadas por fabricantes estadounidenses, como Lenoir House, una empresa que aprovechó incentivos económicos para establecer una de sus fábricas en Puerto Rico. Esta estrategia mediática reforzó la preferencia por lo extranjero, relegando lo local a un segundo plano, y esa narrativa aún persiste.
Si bien figuras como don Ricardo Alegría se dedicaron a rescatar y valorar el mobiliario colonial y neocolonial español, las investigaciones sobre el mueble autóctono y caribeño son casi inexistentes. Una excepción importante es la reciente publicación de José Luis Colón González (2023), que ha sido un gran aporte en este ámbito. Sin embargo, la falta de estudios amplios, sumada al cierre de talleres locales debido a políticas que favorecieron el consumo de productos importados, ha condicionado nuestra mirada: lo extranjero se percibe como más valioso simplemente por desconocimiento de lo propio.
Angélica Figueroa, fundadora de la primera escuela de decoración en Puerto Rico en los años 50 y figura clave en la profesionalización del diseño interior, promovió la idea de un estilo puertorriqueño. Sin embargo, su visión no estaba respaldada por investigaciones locales, ya que las referencias de su época se centraban en el estilo colonial español. Al analizar su correspondencia con Florence Terune, decoradora estadounidense, se puede deducir que su propuesta se alineaba más con el estilo tropical internacional, que además coincidía con las campañas para impulsar el turismo en la isla.
En los años 80 y 90, el auge del interiorismo y la influencia de los muebles estadounidenses llevaron a que muchas personas descartaran muebles criollos en favor de las importaciones, reflejando un fenómeno socioeconómico complejo. Este desarraigo de la producción local no fue casual: se moldeó a través de incentivos económicos y represiones políticas que dieron forma a los gustos y estilos predominantes en los hogares puertorriqueños.
Hoy en día, lo puertorriqueño se asocia con la producción artesanal típica o con estilos coloniales y neocoloniales, pero la creación contemporánea local sigue siendo invisible.
En una próxima publicación, analizaré cómo la globalización y sus herramientas han sincronizado gustos, homogeneizando patrones de consumo y posicionando los estilos de vida europeos y estadounidenses como estándar, mientras lo autóctono se relega a un rol secundario.
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